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Una reflexión: ¿Cuánto vale la vida para el médico?
- Dr. Antonio Peralta Sánchez

El simple cuestionamiento ya implica un conflicto axiológico de realmente poder medir o cuantificar el valor de algo valioso per se, y parecería obvia la respuesta: mucho, todo.

¿O no es la vida acaso la razón de ser médico? ¿O no todos los esfuerzos de los forjadores de la historia de la medicina fueron para preservarla? Sin lugar a dudas, romántica y filosóficamente así ha sido, pero durante cientos de años y miles de médicos nos hemos encargado de demostrar lo contrario.

Alfred Stern afirma: “Solo la salud y la vida son valores supra-históricos'”, esto es, que no están sujetos a ningún relativismo, y que la vida como un valor absoluto nunca debe cuestionarse. ¿Cómo entonces aparece la interrogante del valor de la vida? Esta forma de encarar nuestra existencia surge como gran resultante de una sociedad, de un Estado, de un sistema político, de una religión y hasta de un folclor, porque podemos ver la vida como producto del azar lanzados al mundo de la nada, y teniendo ese mismo fin como afirman Sartre y Camus; así como también la visión de San Agustín de Hipona, quien ve a Dios como principio y fin de la vida humana, con aquella frase de: “Feciste nos ad Te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te” (“me hiciste Señor para Ti y mi corazón no descansará hasta que descanse en Ti'”).

Así las cosas, desde el punto de vista filosófico la vida se ha desplazado entre un supravalor (religioso) y un valor casual (existencialismo). Y aún más, el rico folclor mexicano participa cuando José Alfredo Jiménez –compositor histórico de la música ranchera mexicana- afirma sin ambages: “La vida no vale nada”, y sin más ni más desenmaraña conflictos axiológicos como aquella interrogante de Sócrates: “¿La vida vale porque la deseamos o la deseamos porque vale?”, al rematar dogmáticamente: “¿Cómo puede valer la vida si empieza siempre llorando y así llorando se acaba?”, y concluye: “Por eso es que en este mundo la vida no vale nada”.

Sin embargo, ahí vamos en una vorágine de conflictos, en la que la vida pende de un finísimo hilo, y en ese hilo los médicos tuvimos que crear nuestro modus vivendi; pero no podría ser de otra manera, y de una u otra forma entramos al mundo del trueque: te brindo salud, mis conocimientos, tú me pagas, y de acuerdo con la oferta y la demanda, las buenas técnicas de la mercadotecnia, un buen estudio de mercadeo y las necesidades de una comunidad, pueden subir como la bolsa de valores los honorarios médicos; por tanto, sí tiene valores distintos la vida, o en otras palabras, al mismo producto se le re-etiqueta diariamente según el sitio donde se encuentre.

Para que algún día el valor de la vida sea realmente universal debemos aprender a respetarla, pero resulta difícil, al decir de Ortega y Gasset, que el hombre se hace de acuerdo con sus circunstancias, y éstas no las podemos controlar, pero no me refiero a la guerra, a la miseria o al hambre, sino al consumismo, a la deshumanización, a esa escalada social que el sistema impone y que obliga a re-etiquetar diariamente la vida.

Como médicos, la vida debe valer siempre igual, como el valor único, el más sublime, y si ya el Código de Hammurabi contenía en forma implícita un marcado respeto a la vida y a la integridad corporal del hombre, así como también el Pentateuco, y aún la propia cultura precolombina, ¿por qué ahora tendremos que tasar el valor de la vida?

La palabra clave es respeto a la vida y reforzar la vocación de ser médico; y el que nuestras pacientes sean mujeres, y la mayoría en un momento de alta trascendencia como es la gestación, impone una nueva actitud, una honradez a toda prueba y un pacto amoroso que habitualmente siempre dan buenos resultados. No se trata de actos de heroísmo o abnegación a ultranza, sino de vivir con certeza la maravillosa oportunidad de cuidar y preservar la salud y ser partícipe del milagro de la nueva vida.

Nunca más de: ¿cuánto vale la vida?